El intenso olor a pólvora en el fresco aire otoñal hizo que esta actividad fuera muy diferente de nuestras habituales actividades familiares. La recogida en el hotel fue puntual y los instructores tuvieron mucha paciencia con nuestros adolescentes, explicándoles claramente las normas de seguridad antes incluso de que tocáramos las armas. Las 15 balas se acaban antes de lo que uno piensa, así que compramos algunas más y compartimos una pequeña botella de agua que habíamos traído, ya que las bebidas no están incluidas. Hubo una breve espera entre turno y turno en el campo de tiro al aire libre, pero nos dio tiempo para comparar nuestros blancos y tranquilizarnos un poco. En general, una tarde familiar bien organizada y sorprendentemente agradable.